El valor de la educación en un mundo cambiante de gran fragilidad | UAPA

El valor de la educación en un mundo cambiante de gran fragilidad

Publicado: febrero 19, 2026

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La educación como ancla de valores en la modernidad líquida

Por Ángel Hernández
(Columna Ágora, periódico Diario Libre)

El pensamiento filosófico y sociológico son fundamentales para comprender tanto la sociedad actual como la educación de las nuevas generaciones.

En ese contexto, cuestiones como las siguientes importan: ¿cómo construir valores sólidos en una sociedad caracterizada por la volatilidad de los principios?, ¿cómo fortalecer los lazos entre educación, familia y sociedad en un ambiente tan difuso donde los medios de comunicación masivos imponen su propia dinámica y visión?, ¿qué es verdad y qué no lo es?, ¿cuáles valores deben ser preservados?, ¿cómo fortalecer la identidad nacional?, ¿qué roles juegan las instituciones educativas en estos procesos?

En su influyente obra Amor líquido, el sociólogo Zygmunt Bauman describe una época marcada por la fragilidad de los vínculos, la inestabilidad de las instituciones y la volatilidad de los compromisos humanos. A esta condición histórica la denomina “modernidad líquida”: una sociedad en la que nada parece conservar forma estable durante demasiado tiempo. En este contexto, la educación adquiere un valor estratégico y ético fundamental: convertirse en uno de los pocos espacios capaces de ofrecer profundidad, sentido y estabilidad.

Las redes digitales potencian la conexión continua, pero también favorecen la superficialidad del contacto. En este ambiente, el conocimiento corre el riesgo de reducirse a datos fragmentados, disponibles al instante pero escasamente interiorizados. La educación, sin embargo, exige tiempo, concentración y proceso. Aprender implica demora, reflexión, diálogo y esfuerzo sostenido, voluntad de aprender, saber. Precisamente por ello, en un mundo líquido, la educación representa una forma de resistencia cultural, una vía para fortalecer los valores.

Bauman advierte que en la sociedad contemporánea predomina la lógica del consumo. No solo se consumen bienes materiales; también se consumen experiencias, relaciones y credenciales. La educación puede verse atrapada en esta dinámica cuando el estudiante se concibe como cliente y el título universitario como simple objeto que permite el acceso a un puesto laboral.

Se estudia para obtener una certificación que permita competir en el mercado laboral, no necesariamente para comprender el mundo o cultivar el carácter.

Frente a esta tendencia, es imprescindible reivindicar la educación como bien público y como proceso integral de formación humana. Educar no es solo transmitir información técnica; es formar ciudadanos capaces de pensar críticamente, dialogar con respeto y asumir responsabilidades en la vida democrática. En sociedades donde los vínculos se tornan frágiles, la escuela y la universidad deben fortalecer la cultura del compromiso. Esto implica promover la perseverancia, el trabajo colaborativo y la ética ciudadana.

La modernidad líquida también produce incertidumbre. Las trayectorias laborales son menos previsibles; las profesiones cambian rápidamente; los avances tecnológicos transforman las habilidades requeridas. Ante este panorama, la educación no puede limitarse a preparar para un oficio específico. Debe formar en competencias adaptativas: pensamiento crítico, creatividad, aprendizaje permanente a lo largo de la vida y capacidad de reinventarse de forma permanente. Aprender a aprender y a desaprender. Paradójicamente, la mejor respuesta a la volatilidad no es la improvisación constante, sino una base sólida de conocimientos y valores que permita navegar el cambio con criterio.

Además, en un entorno donde la información abunda pero la verdad se relativiza, la educación cumple una función ética esencial. La proliferación de noticias falsas, discursos polarizantes y simplificaciones ideológicas exige ciudadanos capaces de discernir. La alfabetización mediática y digital se convierte en parte fundamental del currículo. No basta con acceder a información; es necesario aprender a evaluarla, contextualizarla y contrastarla. En este sentido, la educación fortalece la democracia al promover ciudadanos críticos y responsables.

Otro rasgo de la modernidad líquida es el debilitamiento de las comunidades tradicionales. La movilidad constante y la cultura individualista pueden erosionar el sentido de pertenencia. El aula puede ser un laboratorio de convivencia donde se aprenda a escuchar al otro, a resolver conflictos y a cooperar en proyectos comunes.